Historia

Casa del Caribe

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Crónica para un Festival desde la nostalgia

José M. Fernández Pequeño

Santiago de Cuba, abril de 1981. Tres personas están sentadas en la escalera del Hotel Casa Granda. Han permanecido más de una hora así, en silencio que deja el campo libre a la grita a la fragor callejero, disparatado: en pugna turbulenta se superpone-ganando y perdiendo preponderancia alternativamente – la aguda conga Oriental, el Gaga de misteriosas fuerzas, es toque vivo de la Cinta jamaicana y el Son, bueno tanto para hacer brotar el guarapo empalagador, como el chispazo supremo.

Esas tres figuras silentes (dos hombres y una mujer) conocen las intimidades del barullo. Meses atrás, ellos y otros se habían lanzado a conquistar la Isla: alzaron hasta las lomas sus respiraciones  citadinas, saboreando el asombro del amanecer bajo el rocío ubicuo  y recorrieron ciudades dispersas por todos los puntos cardinales de la estirada geografía cuban, siempre al amparo de cobijas amigas, durmiendo sobre catres que armaba la presurosa cortesía del ex compañero, no importa si aulas universitarias o de antiguas parrandas memorables.

Nada prometió aquel ejército perseverante casi hasta el insulto. Decían buscar cierto perfil autentico de cultura poco visible, que iba a hundir su razón de ser en el sentido cubano de la caribeñidad, y que los llevó a comunidades haitianas, asentamientos jamaicanos, añejas tradiciones artísticas de corte familiar, aficionados de diversos tipos o profesionales cuyas cuerdas gastaba inconfundibles acentos de la cultura popular. Con eso y mucho más diseñaron el I Festival de las Artes Escénicas de origen Caribeño, extenso y tímido nombre que durante cuatro días insólitos regó a decenas de agrupaciones folklóricas que en el día tomaban los parques y en las noches se adueñaban de la entonces vital calle Heredia o se dispersaban por los barrios y poblados periféricos de la ciudad.

Y mientras los santiagueros se zambullían en ese extraño carnaval ajeno a Santa Cristina, Santiago y Santa Ana, los escritores y Trovadores poblaban de trago en trago el patio de la UNEAC y los amantes de las artes plásticas despertaban las galerías de la ciudad, un variado grupo de especialistas(historiadores, sociólogos, etnólogos, culturológicos, etc ). Se organizaba en coloquio para debatir cuestiones esenciales de la cultura y la historia del Caribe, de ese mismo Caribe que transcurría como una aventura tangible por las calles y las instituciones santiagueras, para no permitir que la abstracción teórica perdiera jamás el norte de la realidad.

Muchos habían sido los incrédulos. Por eso, el desfile que atravesó el corazón de la ciudad como colofón del festival estuvo mayormente formado por agrupaciones guantanameras y santiagueras, a la que unieron representantes de Camagüey, Ciego de Ávila, Santi Spíritus y ciudad de La Habana pero el desfile había terminado una hora atrás y de él solo quedaron los bulliciosos piquetes aislados y las tres figuran sentados en las escaleras del hotel Casa Granda, que ahora se miran desde sus cansancios, como empujados por la idea común que uno de ellos convierte en palabras:

propongo un pacto. Si algunos de nosotros enloquece hasta el punto de querer organizar algo parecido a esto, los dos restantes tienen la facultad de ejecutarlo por  empalamiento público.

Ya se sabe que el destino del evento no fue tan doloroso.